Crónicas del ciclista de la movilización

No encontré otro manifestante en bicicleta en medio de la plaza de la Intendencia. La plaza nos concentró por la suspensión de la ley 10078 pero también por un modus operandi lamentable: no queremos más política de leyes entre gallos y medianoches, leyes sin discusión y debate, leyes excluidas del debate en la esfera pública, leyes aprobadas como alza de mano cuando en la escuela alguien grita ¿quieren caramelos?
En el centro de la plaza estaba yo y, como no hay crónica objetiva, esta es la mía: breve, simple, pero mía.
Mis manos golpean el manubrio de la bici al compás de tamborines. El biciclo en medio de la plaza es un poco incómodo pero es siempre simbólico. Pariremos la revolución en bicicleta. Dijo Albert Einstein, “La vida es como andar en bicicleta, para conservar el equilibrio hay que mantenerse en movimiento” Pues ahí estuvimos con mi bici cantando y reclamando.
Ni ella ni yo tenemos mucha certeza de la sucesión de los hechos. Probablemente los periodistas en altura lo pudieron ver. Nosotros, en cambio, escuchamos que uno anunció otro 1969 y dijo al gobernador “qué cagaso, qué cagaso… se viene otro cordobazo” Mientras, la gente avanza, se acomoda y se suma al canto.
Levanto la mirada. Un “cana” que está a poco más de 30 metros mio mira asustado, con cara de qué será esto, qué tendremos que hacer. Es seguramente más joven que yo y quizá lo invadan unas ganas bárbaras de estar tomando mate en la casa, como a mi. Mis ganas de mate no me frenan en el camino del texto a la acción. Sus ganas de mate no lo frenan en el camino de la promesa de defender lo ¿indefendible? Pienso mucho en él. ¿Qué será de su vida? Dicen las voces de los alrededores que son todos “hijos de puta”, que sólo defienden a los ricos y a los políticos y que… y que… Lo sigo mirando y veo detrás de él un posible exalumno que días atrás me decía querer entrar a la policía porque allí lo tratarían mejor y no lo explotarían tanto como en la empresa donde trabaja.
Unos cerca mio comienzan a desarmar el cantero de piedra y las tiran para “aquel lado” Quiero acercarme a decirle que allí puede haber compañeros pero no me animo. Me entristece no animarme.
De repente, no sabemos a raíz de qué, un gran frente de uniformados detrás de los escudos se vino a nuestro lado con balas de goma y gases lacrimógenos. Todos corren pero mi bici y yo no podemos. En un abrir y cerrar de ojos los veo avanzar sobre mi, muy cerquita y yo solo, bici en mano. Las voces se organizan
-Hijos de p… hijos de p…
¿Hijos de p… hijos del miedo…hijos de la renuncia a un trabajo donde lo explotaban? Malparidos por quién, me pregunto. ¿Malparidos por quién no?

El del miedo también avanza tras una triste orden y se vuelve grey. Es uno más del montón que en obediencia ciega dispara, avanza y ahuyenta. El agente se vuelve paciente de sí. En sala de espera queda lo que él sentía. El paciente de sí se licúa entre los azules y hace caso a su jefe pateando su miedo.

-Andate que la cana te saca la bici. Andate -me dice una mujer, acercándose.
Tras la represión la plaza prácticamente se vacía y un gran grupo tenemos que migrar hacia Marqués de Sobremonte. Vuelan piedras, bombas de estruendo, balas y gases.
Decido convertirme en transeúnte para cruzar de frente. Paso pegado a unos veinte policías donde ya no hay manifestantes. Algunos se ríen como si estuvieran tomando una cerveza de postre al videojuego. Me apeno. Quince metros más tarde se ríen unos manifestantes, posando para la foto y unos aparentemente alemanes se sacan foto con policías y manifestantes de fondo, para contar y que les crean.

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